Novedades de Andrea

                  Aquí estoy de nuevo, dispuesta a dar guerra. Aunque os pediría que os animarais a comentar más a menudo, que aparte de José Antonio, M., Anxana y Enone, debajo de las entradas parece que se haya interpuesto un desierto más seco que el Sahara. También Senda se ha decidido a comentar algunos posts, ¡gracias guapa! Y echo mucho de menos los comentarios de Javier, la verdad.  
                Perdonad ayer, hay días en los que mi mente se atrofia y no consigue componer unos párrafos lógicos y con sentido, supongo que es una de las características humanas: tener días malos. Pero bueno, eso ya pasó y ahora vamos con lo nuestro, que se trata de seguir aportando ideas para el relato y de explicaros cosas, como siempre.
                ¡He acabado el séptimo libro! Esta vez lo he hecho muy despacio, he tenido un montón de trabajo y muchas cosas que hacer en casa, así que lo he retrasado un poco, pero ya tengo el octavo sobre la mesa, dispuesto a que mis ojos empiecen a recorrer sus páginas con absoluta devoción.
                Me siento un poco rara, la verdad. Mis hijos están fuera, mi marido está en Madrid y mi casa está invadida por los hombres del parquet, así que yo estoy en casa de mis padres, una en la que nunca había dormido porque la compraron después de casarme, sola y sin más familia que ellos. ¡Y es tan extraño! ¡Es como volver atrás en el tiempo!
                Vamos al relato: nos quedaba de decidir qué pasa con Andrea y Eduardo. Algunos comentarios tardíos apuntaban a que el parecido con Lisbeth Salander era demasiado evidente y que debíamos encontrarle otro perfil, algo más alejado de la informática traumatizada que impactó en las librerías. Y estoy conforme.
                Así que Andrea, tras despertar en el hospital y encontrarse con la cara de Eduardo, un joven estudiante de medicina con ideas humanitarias, empieza a soñar en ser como él. En ese momento no recuerda nada acerca del incendio, sólo sabe lo que su salvador le cuenta: que su casa se quemó con toda su familia dentro.
                Durante muchos años la mente de Andrea bloquea los recuerdos que guarda sobre el día del incendio, se quedan enredados en un rincón de su mente, escondidos tras unas capas de nuevas experiencias, como si enfrentarse a ellos pudiera despertar la angustia y la desesperanza que ella intuye cada vez que piensa en la desaparición de sus seres queridos.  
A las dos semanas del incendio, cuando le dan el alta en el hospital, no le queda otro remedio que ir a vivir a una casa de acogida. Su carácter, antes risueño y extrovertido, sufre un cambio brusco a medida que su mente va masticando su nueva realidad. Andrea se convierte en una chica triste, solitaria y muy callada. No da problemas a sus padres de acogida, estudia y se interesa por la medicina gracias a la cercanía de Eduardo.
Cuando se licencia ambos se enrolan en médicos sin fronteras y se pasan la vida viajando, salvando vidas, trabajando para ayudar a los demás.  
Un día, mientras están de paso en Barcelona para organizar papeles con la ONG, Andrea sintoniza un canal regional en la televisión del hotel. La presentadora es una mujer guapísima, con una larga melena dorada, inmensos ojos azules como dos trocitos de cielo, piel pálida y perfecta. Andrea se queda hechizada por su voz, una voz que despierta un recuerdo olvidado, una voz que aviva los ecos ocultos tras una cortina de vivencias actuales, una voz que la transporta por el laberinto del tiempo hasta un momento de su pasado, escondida tras un sofá, en su casa, antes de que ardiera,….
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Unas palabrillas

               ¡Buenos días a todos y a todas! Hoy he pasado una noche muy extraña y diferente, una experiencia que no me gustaría repetir. Estoy un tanto cansada y sin muchas ganas de escribir, así que voy a dejar un post pequeñito.
           Ayer me estuve releyendo todos los comentarios sobre nuestro relato. Me parece que la profesión de Andrea crea un poco de controversia. Unos queréis que sea informática a lo Salander y los otros que encuentre una profesión un poco de trotamundos. Durante el día de hoy voy a madurar las dos opciones y mañana hablamos de ello, ¿OK?
                La creatividad lleva viviendo dentro de mí desde que nací, estructurar un relato y desarrollarlo a parir de una idea, un título y un final me es absolutamente sencillo. Yo me siento delante del ordenador y el relato fluye sin pausa, creando nuevos giros que ni me imaginaba al  principio y adoptando vida propia.
                Cuando leo algo que me gusta me pasa lo mismo. Devoro el libro con ansia, deseando saber qué sucede a continuación y me paso el día y la noche repasando las posibles situaciones que vendrán a continuación. Escribir para mí es lo mismo. Siento tan cerca la historia y los personajes que no puedo evitar pasarme el día frente al portátil, dándoles vida, siguiendo su devenir, aportándoles vivencias.
                Ayer, al hablar de la vanidad que se me había subido a la cabeza me refería a algo intrínseco a crear. Cuando escribo y me interno en los mundos paralelos que me acompañan a todas horas me cuesta mucho no sentirme satisfecha con mi trabajo, estoy entusiasmada con la historia y la siento tan mía que ser crítica con el resultado me es muy difícil.
                Quizás la distancia que ahora tengo con la novela es necesaria, dejarla reposar unos meses para que la emoción que me liga a ella se desvanezca y pueda mirarla con unos ojos más sosegados y críticos para poder pulir aquellos fallos que el subidón de adrenalina me impide reconocer.
                ¡De todas maneras no me vendría mal un botoncito para escribir bien a la primera!!!
                ¡Un gran beso para todos y hasta mañana!!!    
                

El prólogo

            Buenos días. Le he dado vueltas al prólogo y he pensado que sería una buena idea hacerlo cortito y sin identificar el sexo de la persona que pega fuego a la casa. Acabo de escribir una versión, leerla, ¡a ver qué os parece!!!!

            “Llevaba tantos meses planeando el momento que la visión de casa envuelta en la hoguera le arrancó una pérfida sonrisa de satisfacción. Admiró unos segundos la explosión de colores anaranjados y rojizos que iluminaban la oscuridad de la noche, las llamaradas danzaban al son del viento invisible que se había levantado como llamado por la providencia, creando figuras fantasmagóricas que se elevaban desde la construcción anticuada y mugrienta donde había nacido y crecido.
El olor a humo le llenó las fosas nasales, envuelto en las cenizas que el aire atrapaba para lanzar hacia el jardín abandonado que rodeaba aquella casona medio destartalada a las afueras de un pueblo del Sur de España, en un lugar recóndito, perdida en la espesura de la nada. Sintió un leve escalofrío cuando las partículas negruzcas que llevaba el aire se le posaron el los cabellos, como si en un lugar de su alma se despertara la conciencia olvidada. Se las sacudió deprisa, con ansia, sin detenerse a pensar en las implicaciones de lo que acababa de hacer, negándose a abrir la puerta a las emociones cálidas, substituyéndolas por hielo y frialdad.
            Se dio la vuelta, dándole la espalda a su lugar de origen, alejándose a grandes zancadas de la casa que había cobijado su infelicidad, su tristeza, su ambición frustrada. Su pasado moriría en esa hoguera que había propagado gracias a una explosión de gas, allí encontraría su tumba su yo antiguo. Caminando hacia adelante sería capaz de reinventarse, de crear una nueva persona, con otros rasgos, con otra identidad, con una vida plena.
            No escuchó los gritos de dolor y angustia de sus padres y sus hermanos mientras las llamas les devoraban la piel con su quemadura mortal, no sintió ni un átomo de arrepentimiento ni permitió que su mente se llenara con imágenes fidedignas de la muerte horrible a la que había condenado a su familia.
Siguió caminando con firmeza, con pasos largos y poderosos, avanzando hacia el destino que se había trazado.  
            Sentía felicidad, liberación, alegría. Era como si todo el cariño y el esfuerzo de sus padres se hubiera perdido en los confines de una conciencia arrasada por el odio y la venganza, como si aquella obsesión que le había atrapado en el bar del pueblo, con la mirada fija en la pantalla de televisión, descubriendo un mundo de lujos, dinero y poder, se hubiera enredado entre sus sentimientos, estrujando con fiereza la bondad que podría haber anidado en su corazón.
             Y la casa ardió, se quemó, desapareció, consumida por las llamas del odio y el dolor, arrasada por la ambición desmedida de esa sombra que se alejaba en la oscuridad para dar rienda suelta a sus sueños. Y sus habitantes perecieron a manos de esa sombra, la misma que se forjó una nueva vida sin detenerse a pensar en sus actos, en sus crueldades, en sus víctimas.”

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Una nueva experiencia

          ¡Estoy contenta! ¡Hemos llegado a las 3.000 visitas en tres meses! Si os digo la verdad, nunca pensé que algo así fuera posible, ¡y mucho menos contando lo que cuento! Yo soy una persona muy metódica y perseverante, así que tenía claro que si me proponía escribir cada día un poquito lo haría, pero que a alguien le interesara lo que yo escribo,…. ¡Por eso hablo en plural! Sin vosotros no habría un marcador de visitas subiendo cada día. ¡Así que un montón de gracias!!!!!
            Ayer me inicié en algo nuevo. Ya os había explicado que en casa estamos de obras y como los niños están fuera, mi marido y yo decidimos pintar el pasillo entre los dos. Por la mañana aprovechamos el maravilloso día de verano y nos fuimos a la playa, delante del hotel Vela, a tomar el sol antes de irnos al Chiringuito Pez (así se llama el nuevo local del grupo Tragaluz) a tomar una paella.
            Y cuando cayó la tarde, después de visitar por enésima vez IKEA y Bauhaus (se nos olvidaron más cosas), tapamos el parquet del pasillo con un rollo de cartón, abrimos la pintura, sacamos las puertas y… ¡No me quedaba otro remedio que pintar! Me sentí como el día en el que el transportista dejó el 85% de los muebles de mi casa de Estavar en el suelo: una montaña interminable de cajas del IKEA, con las camas, los armarios, las literas, los muebles del salón,… ¡Todo por montar! Recuerdo que miré las cajas, suspiré y pensé: “o miro bien las instrucciones y lo monto todo a la primera, o nunca acabaremos”. Un mes más tarde y mucho trabajo de fin de semana, los muebles estaban en su lugar.
            Pues ayer tuve esa sensación. ¡Pintar! Yo en mi vida había cogido un rodillo. ¡Por Dios! ¡Si una vez me suspendieron plástica porque el dibujo estaba demasiado bien hecho y la señorita no se creyó que lo hubiera hecho yo! (La verdad es que lo hizo mi padre…). Pero me armé de valor, me vestí con una camiseta vieja, me recogí el pelo en un moño sobre la nuca, agarré el rodillo, soplé con fuerza y…. ¡Acabé pintando cuatro paredes y seis puertas! Y si no llegamos a acabar a las diez de la noche y mi marido no me frena, hubiera acabado pintando toda la casa. Así que estoy contenta, quizás no ha quedado perfecto, pero me siento orgullosa del trabajo que hemos hecho entre los dos.
            ¡Me encanta la anécdota que comentó ayer José Antonio sobre la novela de Stephen King, Tommyknockers! Parece increíble que alguien se le ocurran cosas parecidas que a mí, ¡y nada menos que a un escritor consagrado! No sé si las pocas líneas que he escrito del relato conjunto que vamos creando entre todos son fruto del Máster o de mi escritura, lo único que puedo afirmar con rotundidad es que empiezo a tomar consciencia de cuál es mi estilo y de qué quiero hacer cuando escribo.
            Lo cierto es que siempre he sido una persona muy fantasiosa, que mis mundos imaginarios me han acompañado desde que tengo uso de razón y que estructurar una novela en mi cabeza no me cuesta. Yo me siento delante del ordenador con la idea en la cabeza, el título, la documentación y el final, y la historia fluye sin más, se va formando sin dejarme ni respirar. Es como si estuviera ahí, dentro de mi mente, esperando a que mis dedos la despeguen y va brotando como un manantial eterno. Y entonces parece que viva inmersa en esa historia, como si mis personajes cobraran vida en mi interior y necesitaran avanzar. Mi última novela, La Baraja, la escribí en tres meses (tiene 204 folios, unas 450 páginas en formato libro). Y según mi agente la historia es muy buena y la estructura no se ha de tocar. Aquí es donde vuelvo a decir: ¡Ojalá pudiera apretar un botoncito que me enseñara a pulir la novela en un pispás!
            Hoy me tomo el día libre en cuanto al relato. Estoy pensando en cómo escribir el prólogo y colgarlo aquí sin que se os haga demasiado largo. ¡Los posts son un espacio muy reducido! A ver si mañana me lanzo a intentar escribir un trocito de prólogo y lo comparto con vosotros.
            Os deseo un domingo cargado de emoción y buenas vibraciones. ¡Un beso para todos! Y sobre todo, ¡gracias por estar ahí!
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¿Y el título?

             ¡Empieza el fin de semana! Durante los días festivos el blog parece desangelado, no hay tantas visitas y parece como si los lectores se hubieran esfumado, pero yo sigo aquí, celebrando que hace tres meses que he ido escribiendo un poquito cada día y que casi hemos llegado a las 3.000 visitas. Y me hace muy feliz seguir ilusionada con las entradas, despertarme cada mañana pensando qué os escribiré y luego mirar el resultado. ¡Aunque es un poco triste no tener comentarios! Parece que os habéis vuelto perezosos, pero deberías seguir comentando, ¡que eso da vida al blog! ¿Qué sería de él sin vosotros y vuestras opiniones?
            No paro de darle vueltas y más vueltas al relato que hemos ido tejiendo entre todos. ¡Mi cabeza es así! Me he dado cuenta de que por primera vez he hecho las cosas distintas. Nunca antes había empezado así una historia, más bien eso venía luego, tras conocer el título de la novela y el final.
            Quizás en incongruente, pero mi mundo creativo siempre ha funcionado así, con un orden caótico dentro del proceso de escritura. Primero empiezo desarrollando una idea que se me ocurre de pronto, sen un momento cualquiera, sin una pauta especial. Durante los primeros días le doy vueltas y maduro la idea de manera que todo va ocupando su lugar. Luego investigo el tema, me documento, trabajo sobre los textos que me leo y voy creando una carpeta de documentos en el Word (muchos de ellos se van a quedar a acumular polvo, porque seguramente la historia tomará otro camino). Y entro en la fase de la escritura con cuatro cosas muy claras: el título, el principio, el tema y el final. ¡Siempre me falta lo de en medio!
            Ahora hemos empezado con una idea fugaz de la trama y una descripción bastante precisa de los personajes y de su pasado. Pero, ¿dónde está el título? ¿Qué pasará al final? ¿Quién más aparecerá en la historia?
            Bien, ¿me vais a ayudar? No tengo ni la más mínima idea de cómo titularía esta novela si algún día la escribiera ni tampoco tengo nada claro hacia donde conduce la trama. Es como trazar un mapa sin destino, como si los contornos de los continentes se hubieran deslucido con el paso de los años y se hubieran convertido en un cúmulo de líneas borrosas en medio de una paleta de colores.
            Vamos a seguir un poquito:

            “La última pregunta resonó con una furiosa aceleración de la mente. Miré en derredor, volví a contemplar aquella decoración fría y carente de sentimientos con la que mi madrastra había vestido toda la casa tras instalarse en ella, deshaciéndose de la calidez que aportaban los muebles coloniales de mi madre, con tonos cálidos y agradables, con un aroma especial que envolvía mis sentimientos cada vez que regresaba del colegio y que me daba la bienvenida al hogar.
            Ahora el salón no era más que una pieza de museo, un lugar desolador, con muebles de diseño colocados en un orden preciso, como si esperara en cualquier momento la aparición de un fotógrafo para dejar constancia de su perfección en una revista de decoración. Pero eran unos muebles callados, impasibles, sin emociones.
            Mis pensamientos todavía discurrían despacio, como si les costara deambular tranquilamente por la cabeza y no pudieran fluir en ella con facilidad. Retazos de información se fueron apareciendo como frases inconexas que no lograban crear un párrafo. Eran momentos de los últimos meses, instantes envueltos en tinieblas, entre una bruma densa que se ocupaba de emborronarlos.
            Evoqué sin fisuras el día del entierro de mi padre, en el crematorio de Montjuic, con la tristeza estrujándome el corazón y unos lloros descontrolados llenando el silencio. Úrsula no lloraba, sus ojos no mostraban el más mínimo dolor y su expresión era una máscara de fingida tristeza. Podía sentirlo a través de su mirada, una mirada que a mí no me podía engañar…”


El principio

         Nuestro relato avanza a una velocidad de crucero, vamos añadiendo nuevos detalles cada día y logramos darle consistencia a través de las entradas. Me prometí a mí misma que no volvería a escribir una novela entera hasta haber pulido La Baraja con la ayuda de mi Máster, pero ahora ya no sé que pensar, ¡tengo tantas ideas flotando por la cabeza!
            Sigo leyendo y en algún momento retomaré la corrección del segundo capítulo, aunque estas semanas tengo cantidad de trabajo y muy poco tiempo para dedicarme a mis escritos. Y el poco tiempo libre del que dispongo lo ocupo en irme a bailar, a la piscina con mis amigas o a pasear con mi marido. Mi hija está de colonias y el niño en casa de un amigo hasta el día 16, así que hay que disfrutar esta libertad momentánea. ¡Qué fin de semana más tranquilo se me presenta!
            He superado con creces aquella sensación de desmoronamiento que sentí hace tres semanas. Aunque no he recuperado la maraña de sueños y sentimientos que me empujaban a idealizar el mundo de la escritura. Estos últimos meses en la red me han servido para darme cuenta de la cantidad inmensa de personas maravillosas y con talento que cada día luchan por lo mismo que yo. Eso te hace empequeñecer dentro de tu universo personal y te acerca a ellos, sintiendo que te comprenden y que formas parte de algo más grande. ¡Igualmente la esperanza es lo último que se pierde!
            Ayer me pasé un buen rato pensando en el principio del relato. Decidí que la narración podría intercalar la primera persona en las vivencias de Sara y la tercera en las demás. La visión de Sara se vería así fortalecida por la de su entorno a través de un narrador omnisciente que acompaña a los otros componentes de la historia.
            Ahora voy a poner en práctica mis pensamientos. ¿Qué os parece si hacemos así el principio?

            “Era media tarde. El sol se había escondido en algún lugar indefinido para traernos la oscuridad que envuelve las largas tardes de invierno en la ciudad. Estaba sentada en el enorme salón de mi casa, con la bandeja de la merienda vacía sobre la mesa de centro de madera lacada que jugaba con la decoración minimalista que me envolvía.
            ¿Cuánto tiempo llevaba ahí sentada? ¿Qué hacía? Esas fueron las primeras preguntas, las que me cruzaron por la mente embotada y espesa, como si estuviera llena de una pasta consistente que se hubiera pegado a los circuitos neuronales y no los dejara funcionar con fluidez.
            Notaba la boca pastosa, con la lengua seca y los labios agrietaos. Los ojos me lloraban, como si el cansancio los vaciara de líquido lentamente y desplazara las lágrimas creando caminos sinuosos en mi rostro pálido y estático. El sabor salado de las lágrimas me despertó el sentido del gusto. Las saboreé de una manera casi furiosa, como redescubriendo una sensación olvidada.
            Un leve temblor se apoderó de mi cuerpo. Los recuerdos se fueron formando despacio, como si al principio sólo fueran un cúmulo de arena que poco a poco se fue solidificando a mi alrededor, creando muros de experiencias y ciudades cargadas de historia. Y el dolor me golpeó de nuevo. Fue como si mi padre volviera a morir. Como si mis entrañas recibieran de nuevo el golpe de perderlo y un dolor intenso recorriera todos los nervios de mi cuerpo.
            Parpadeé varias veces antes de centrar mi mirada en la tele encendida y ver la fecha y la hora en un lateral de la pantalla: 30 de noviembre de 2011, 19.15. Mi cabeza empezó a perderse en frenéticos pensamientos que despertaban interrogantes cada vez más intensos. ¿Cómo se me habían escurrido siete meses de la memoria? ¿Qué hacía yo sentada en el salón? ¿Dónde estaba Úrsula?.... “
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